Hechos de los Apóstoles

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Hechos de los Apóstoles 8

¡He aquí un pueblo!

1 - 4 Persecución; Esteban enterrado 5 - 8 Predicación de Felipe en Samaria 9 - 13 Simón el mago 14 - 17 Pedro y Juan en Samaria 18 - 25 Pedro ve y juzga a Simón 26 - 29 Un nuevo orden para Felipe 30 - 35 Felipe le anunció a Jesús 36 - 39 Felipe bautiza al eunuco 40 El ministerio posterior de Felipe

1 - 4 Persecución; Esteban enterrado

1 Y Saulo estaba de completo acuerdo con [ellos] en su muerte. En aquel día se desató una gran persecución en contra de la iglesia en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y Samaria, excepto los apóstoles. 2 Y [algunos] hombres piadosos sepultaron a Esteban, y lloraron a gran voz por él. 3 Pero Saulo hacía estragos en la iglesia entrando de casa en casa, y arrastrando a hombres y mujeres, los echaba en la cárcel. 4 Así que los que habían sido esparcidos iban predicando la palabra.

Cuando apedrearon a Esteban, Saulo ya mostró su implicación actuando como guardián de la túnica (Hch 7:58). Ahora Lucas señala que estaba totalmente de acuerdo con la lapidación. Inmediatamente después de este comentario sobre el consentimiento de Saulo a la muerte de Esteban, Lucas menciona la primera gran persecución contra la iglesia. Con la muerte de Esteban se abren las compuertas. El espíritu de odio que poseen los líderes religiosos toma plena posesión de ellos y se desarrolla completamente.

Con la muerte de Esteban termina también el año extra de gracia que Dios concedió a Israel para que diera fruto para Él (Luc 13:6-9). Ahora que Esteban ha sido rechazado y, con ello, la segunda oferta de gracia, la oferta de salvación se dirige a las naciones. Para ello, Dios se servirá del hombre que aún está en proceso de convertirse en el mayor perseguidor de cristianos.

Primero, el evangelio será llevado a las regiones de Judea y Samaria. La iglesia ha sido esparcida a estas regiones. Estas son las regiones que el Señor Jesús mencionó en su comisión a los discípulos para proclamar el evangelio allí (Hch 1:8). Hasta ahora, esto no se había hecho. El Señor utiliza la persecución para lograr esto (versículo 4). Por eso, por así decirlo, son enviados a la mies (Luc 10:2). Los apóstoles se quedan en Jerusalén. ¿Están desobedeciendo su encargo? Puede ser que sea valiente quedarse en Jerusalén en este momento y que Dios lo quiera así.

Después de que el concilio haya aplacado su ira con la lapidación de Esteban, este primer mártir de la fe es llevado a la tumba por hombres piadosos. El gran lamento por él concuerda con esto. Están afligidos, pero no como los incrédulos que no tienen esperanza (1Tes 4:13-14).

Lucas vuelve entonces nuestra atención a Saulo por un momento. Ha visto con alegría que Esteban ha sido asesinado. Ese acontecimiento ha desatado en él los sentimientos de odio que tanto acariciaba y que expresa destruyendo la iglesia (cf. Sal 83:4). Para ello trabaja meticulosamente. Entra en todas las casas donde sospecha que viven o se reúnen cristianos (Hch 2:46; 5:42).

Cuando los encuentra, los detiene y los mete en la cárcel (Hch 22:4), donde intenta, mediante la tortura, obligarlos a blasfemar (Hch 26:9-11). Al hacerlo, no distingue entre hombres y mujeres. Las personas movidas por el odio no ven diferencias en la capacidad de resistencia. Especialmente los débiles son un blanco fácil para ellos. Quizá sean precisamente los débiles, en sentido general, quienes se han quedado en Jerusalén porque no tienen posibilidades de huir.

Todo el odio que estalla no hace sino cumplir la voluntad de Dios, porque a través de la dispersión que resulta de ello, el evangelio llega a muchos lugares. La persecución es como un viento desagradable que lleva la semilla a otros lugares, con la feliz consecuencia de que allí puede germinar. El odio que los ahuyenta no los atemoriza, sino que, por el contrario, los convierte en testigos valientes.

La proclamación de la Palabra la hace cada creyente disperso. Es evidente que la proclamación del evangelio no depende de un don, sino de un corazón lleno del Señor. Lo que el enemigo pretende erradicar, Dios lo utiliza para expandir su obra.

Encontramos aquí una hermosa aplicación del acertijo de Sansón: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura» (Jue 14:14). El que come y el fuerte es el enemigo que ronda «como león rugiente, buscando a quien devorar» (1Ped 5:8). Pero en lugar de devorar a los creyentes, se crea nueva vida como resultado de la fe en el evangelio predicado. Vemos un maravilloso ejemplo de lo que sucede en la zona de Samaria, de la que Lucas nos da cuenta en la siguiente sección.

5 - 8 Predicación de Felipe en Samaria

5 Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. 6 Y las multitudes unánimes prestaban atención a lo que Felipe decía, al oír y ver las señales que hacía. 7 Porque [de] muchos que tenían espíritus inmundos, [estos] salían [de ellos] gritando a gran voz; y muchos que habían sido paralíticos y cojos eran sanados. 8 Y había gran regocijo en aquella ciudad.

Ya hemos conocido a Felipe como uno de los siete diáconos (Hch 6:5). Cumplió fielmente su deber como diácono y así obtuvo «gran confianza en la fe que es en Cristo Jesús» (1Tim 3:13). Como resultado, se convirtió en evangelista (Hch 21:8). Predica en Samaria.

Los habitantes de Samaria, los samaritanos, son una mezcla de judíos y paganos que han vivido en Israel desde la deportación de las diez tribus por los asirios (2Rey 17:24-41). Al principio eran idólatras, pero también empezaron a adorar a Yahvé, adhiriéndose solo a los cinco libros de Moisés. Debido a esa mezcla, fueron despreciados por los verdaderos judíos. Tenían el monte Gerizim como lugar de culto, en contraste con los judíos, que tenían Jerusalén como lugar de culto (Jn 4:20). A través de la predicación de Cristo, el nuevo culto llega también para ellos, aparte de Jerusalén y el monte Gerizim (Jn 4:21-24).

Felipe no predica una doctrina, sino una Persona: Cristo. Más adelante en este capítulo leemos que predica «Jesús» al eunuco (versículo 35) porque se conecta con lo que el eunuco lee. Lee Isaías 53, donde se presenta al Señor Jesús en su humillación. Al predicar «Cristo» en Samaria, Felipe se conecta con la resurrección y glorificación del Señor (Hch 2:36).

La predicación de Felipe tiene grandes resultados. Una de las razones es que el Señor mismo ya había actuado en Samaria y allí ya le conocían muchas personas, que a su vez se habían convertido en testigos (Jn 4:39). La siembra ya estaba hecha, y ahora es posible la cosecha (Jn 4:35-38). La semilla de la predicación cae en tierra preparada. También hay fe en la venida del Mesías (Jn 4:25). Felipe puede predicarlo como ya venido.

A través de su predicación hay unidad entre las multitudes. La obediencia a la palabra de Dios produce unidad. Además de escuchar la predicación, que se menciona en primer lugar, también ven las señales que realiza. En los Hechos vemos que, además de los apóstoles, solo Esteban (Hch 6:8) y Felipe (Hch 8:6) realizan señales y prodigios. Las señales que realiza Felipe consisten en liberar a la gente del cautiverio espiritual y físico de una manera maravillosa.

No se llaman prodigios, sino señales, porque todas estas curaciones se refieren al Señor glorificado, que así subraya y afirma la Palabra predicada (Mar 16:20). El Cristo predicado por Felipe demuestra en estos prodigios su poder redentor y restaurador. Todos estos prodigios significan que el poder de liberar y restaurar reside en Él. Son un anticipo de los poderes de la era futura (Heb 6:5). El hecho de que los espíritus inmundos griten con fuerza indica que abandonan a sus víctimas a regañadientes, pero que tienen que hacerlo debido al poder superior del Señor Jesús.

La liberación del poder del pecado mediante la obra de Cristo, junto con una liberación benefactora de las consecuencias del pecado, produce una gran alegría. El efecto de la predicación de Felipe al eunuco también produce alegría (versículo 39). La alegría está indisolublemente unida al evangelio. El ángel que anuncia el nacimiento del Señor Jesús habla de «gran gozo que será para todo el pueblo» (Luc 2:10). Dondequiera que se reciba al Señor Jesús, al dolor por los pecados sigue la alegría por el perdón de los mismos (1Tes 1:6). El gozo pertenece al reino de Dios (Rom 14:17) y forma parte del fruto del Espíritu (Gál 5:22).

9 - 13 Simón el mago

9 Y cierto hombre llamado Simón, hacía tiempo que estaba ejerciendo la magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran [personaje]; 10 y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención, diciendo: Este es el que se llama el Gran Poder de Dios. 11 Le prestaban atención porque por mucho tiempo los había asombrado con sus artes mágicas. 12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús, se bautizaban, tanto hombres como mujeres. 13 Y aun Simón mismo creyó; y después de bautizarse, continuó con Felipe, y estaba atónito al ver las señales y los grandes milagros que se hacían.

Antes de que Felipe llegara a Samaria, había un hombre que llevaba a la gente al éxtasis mediante la magia. No era modesto en su actuación, sino que se presentaba como «un gran [personaje]», alguien importante. [Mientras releo este comentario, recibo en el buzón una tarjeta postal que demuestra que personas como Simón siguen muy presentes. La tarjeta dice, entre otras cosas: Soy un gran médium y clarividente africano... Te ofrezco una solución para todos tus problemas... pero también protección contra las malas influencias... Te ayudo... Yo traigo el éxito. Este esclavo de Satanás ciertamente no sufre de un complejo de inferioridad].

Con su magia, Simón dirigía la atención hacia sí mismo, y con éxito. Atraía a todos: pequeños y grandes, jóvenes y mayores. Todos quedaban impresionados por él y le atribuían un poder divino. Su magia eran maravillas de mentira (2Tes 2:9). No fue una exageración ni una estrella fugaz que aparecía de repente y desaparecía con la misma rapidez. Al contrario, siguió fascinando al pueblo «hacía tiempo». Al mismo tiempo, esto muestra que lo que el diablo ofrece es siempre solo por un tiempo. Nunca satisface de manera constante.

El evangelio, en cambio, tiene un efecto duradero. Esto es lo que descubren las personas que escuchan atentamente a Felipe y prestan atención a su predicación. Cuando no conocían nada mejor, se dejaban cautivar por la magia de Simón. Pero cuando ven las maravillas de Felipe, perciben claramente la diferencia entre lo falso y lo real, y que lo real y lo falso no tienen nada en común. «¿Qué tiene que ver la paja con el grano?» (Jer 23:28b). Simón se predicaba a sí mismo; Felipe predica el reino de Dios y el nombre de Jesucristo.

El reino de Dios es la esfera en la que se reconoce el reinado del Señor Jesús. La fe en el nombre del Señor Jesús lleva a alguien a esa esfera. Por eso el bautismo sigue directamente como una evidencia externa mediante la cual alguien muestra que quiere pertenecer a Él y seguirlo. Hombres y mujeres son bautizados. En el Antiguo Testamento solo se circuncidaba a los varones. En el Nuevo Testamento, cuando se trata de salvar y seguir a Cristo, ya no hay diferencia entre hombres y mujeres ante Dios (Gál 3:27-28).

La recepción del Espíritu Santo, como ocurrió en Hechos 2 (Hch 2:38), aún no se menciona aquí. Reciben el Espíritu Santo solo después de que Pedro y Juan vienen de Jerusalén y se identifican con ellos mediante la imposición de manos. Dios lo hace así conscientemente, porque había una rivalidad religiosa entre Jerusalén y Samaria y esto no les da la oportunidad de causar disturbios.

Simón también cree y se bautiza. No ve en Felipe a un rival, sino a su superior. Simón permanece constantemente con Felipe, como si tuviera puestas sus esperanzas en él. Con el eunuco es diferente (versículo 39). La fe de Simón es del tipo mencionado en Juan 2 (Jn 2:23). Felipe se deja engañar por Simón y lo bautiza (o hace que lo bauticen).

Lo que realmente atrajo a Simón fueron las señales y los grandes poderes que hacía Felipe. Del mismo modo, hoy en día hay muchos que se sienten atraídos a la fe cristiana por las cosas sensacionales que observan en determinadas ocasiones, como las curaciones o las supuestas profecías.

14 - 17 Pedro y Juan en Samaria

14 Cuando los apóstoles que [estaban] en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan, 15 quienes descendieron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, 16 pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; solo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. 17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.

Los apóstoles de Jerusalén se enteran de que Samaria ha recibido la palabra de Dios. Esto no les produce celos, sino que envían a Pedro y a Juan para ponerse en contacto con Samaria. Una vez allí, no reprochan a los creyentes de Samaria que no se hayan puesto en contacto con ellos o con la iglesia de Jerusalén, sino que reconocen que Dios está actuando allí. Por eso, Pedro utiliza por segunda vez las llaves para abrir el reino de los cielos (Mat 16:19), esta vez a los samaritanos. El reino de los cielos no es un reino que está en el cielo, sino un reino gobernado por un Rey celestial que gobierna en la tierra según principios celestiales. En Hechos 2, Pedro abrió el reino a los judíos. Más tarde usará las llaves también para los gentiles (Hch 10:48).

Al reconocer esta obra de Dios en Samaria, se reconoce también la conexión práctica entre Samaria y Jerusalén. Las iglesias locales no están separadas unas de otras, sino que se pertenecen mutuamente, aunque esto no se comunique oficialmente a otras iglesias ni se añada a una lista de ‘iglesias reconocidas’. Aquí ya no hay enemistad ni competencia (Jn 4:9). Pedro y Juan descienden de Jerusalén, lo que también es más que una indicación geográfica. Parece admisible la aplicación espiritual de que los apóstoles no dan su aprobación desde una posición elevada, sino que se unen a ellos.

Muestran su dependencia de Dios al orar para pedirle que dé el Espíritu Santo a los samaritanos que han llegado a la fe. El Espíritu Santo aún no había llegado a ellos porque se trataba de un grupo que, en cierto modo, estaba vinculado al judaísmo. Primero debían ser plenamente aceptados por los judíos convertidos para mantener la unidad. Así, la recepción del Espíritu Santo va precedida del bautismo y de la imposición de manos de los apóstoles.

Con los judíos convertidos no hay imposición de manos. Sin embargo, ellos también se bautizan primero y sólo después reciben el Espíritu Santo (Hch 2:38). Con la conversión de los gentiles vemos que, sobre la base de la fe, primero se recibe el Espíritu Santo y después tiene lugar el bautismo (Hch 10:44; Efe 1:13). Este ha sido el orden desde entonces.

En Samaria, mediante la imposición de manos de los apóstoles Pedro y Juan, se sella la conexión entre los creyentes de Jerusalén y Samaria, y los samaritanos creyentes reciben el Espíritu Santo. Esto evita la idea de dos iglesias separadas, una judía y otra samaritana. Por la imposición de manos hay unidad y aceptación. Esto era aún más necesario porque no había conexión entre judíos y samaritanos, sino odio mutuo. No se mencionan fenómenos acompañantes perceptibles, como ocurrió con la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2:1-4).

18 - 25 Pedro ve y juzga a Simón

18 Cuando Simón vio que el Espíritu se daba por la imposición de las manos de los apóstoles, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo. 20 Entonces Pedro le dijo: Que tu plata perezca contigo, porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero. 21 No tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22 Por tanto, arrepiéntete de esta tu maldad, y ruega al Señor que si es posible se te perdone el intento de tu corazón. 23 Porque veo que estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad. 24 Pero Simón respondió y dijo: Rogad vosotros al Señor por mí, para que no me sobrevenga nada de lo que habéis dicho. 25 Y ellos, después de haber testificado solemnemente y hablado la palabra del Señor, iniciaron el regreso a Jerusalén anunciando el evangelio en muchas aldeas de los samaritanos.

La única manifestación exterior que percibe Simón es la imposición de manos de los apóstoles. Comprende que esto es algo que él no puede hacer, pero que le gustaría poder realizar debido a su capacidad espiritual. Está dispuesto a pagar por ello y ofrece dinero a Pedro y Juan para que le den ese poder.

De ahí proviene la palabra ‘simonía’, que significa que alguien busca un beneficio económico en asuntos espirituales o en la compra de cargos. Tales personas creen que la piedad es un medio de ganancia (1Tim 6:5). Abarca todas las formas de comercio en cuestiones espirituales. Es la tercera vez que el mal aparece en la iglesia, y en las tres ocasiones está relacionado con el dinero.

En su interior, Simón no participaba de la nueva vida, como se desprende de las palabras que le dirige Pedro. Le parecía maravilloso imponer las manos sobre las personas y darles el Espíritu Santo de esta manera. Así recuperaría su poder sobre la gente. Lo que Felipe no percibía, lo desenmascara Pedro. Simón es un hombre corrupto.

Pensar que los dones espirituales o incluso el Espíritu Santo se pueden obtener de Dios a través del dinero hace que la obra de Cristo pierda valor. Es, en gran medida, una deshonra para Dios y Cristo, y no es otra cosa que la obra de Satanás. El juicio severo de Pedro es la única respuesta correcta. Simón es un seguidor exterior, mientras en su corazón inventa otras cosas. Sigue ocupado consigo mismo.

Pedro deduce de la petición de Simón que su corazón no es recto ante Dios. Después de pronunciar el juicio, Pedro le ofrece el camino de la salvación. Para ello, necesita arrepentirse de su maldad. Debe condenar radicalmente ante Dios ese afán malvado de poder y prestigio y darle la espalda. Al mismo tiempo, debe rogar al Señor por el perdón del intento de su corazón. Aquí vemos que no sólo se juzgan las obras, sino también la intención del corazón. Se trata del designio y la búsqueda del mal en su corazón, incluso antes de que haya sucedido realmente. Todavía hay esperanza para Simón si se arrepiente.

Pedro, que por medio del Espíritu Santo puede discernir qué espíritu hay en Simón (1Cor 12:10), ve en qué está preso. Está «en hiel de amargura» por su pérdida de influencia sobre los samaritanos que creyeron en el evangelio. También está «en cadena de iniquidad» porque no busca la justicia de Dios, sino su propio interés.

Simón está más consternado por lo que Pedro ha dicho sobre las consecuencias de su acto que por el acto en sí. No parece un verdadero arrepentimiento, tanto más cuanto que busca una mediación humana. En lugar de orar él mismo, pregunta si Pedro quiere orar al Señor por él para que le libre de las cosas terribles que Pedro ha anunciado sobre él.

Se parece al arrepentimiento del faraón, que pidió a Moisés que orara por él para que cesaran las plagas, pero que luego volvió a endurecer su corazón (Éxo 8:8,15). Tampoco en él hubo verdadero arrepentimiento, sino sólo el deseo de ser librado de las plagas. No leemos la respuesta de Pedro a la petición de Simón.

Parece que Pedro y Juan no permanecieron mucho tiempo con Felipe. Sin embargo, testificaron solemnemente y hablaron la palabra del Señor antes de regresar a Jerusalén. En toda la zona de Samaria encuentran un oído abierto a la palabra del Señor. Cuando el Señor Jesús quiso visitar una aldea de samaritanos, éstos se negaron a recibirle (Luc 9:52-53). Pedro y Juan estaban allí en ese momento, y Juan es uno de los discípulos que, incluso a causa de aquella negativa, quiso que descendiera fuego del cielo para consumirlos (Luc 9:54). Afortunadamente, el Señor lo prohibió y Juan renunció a su deseo de entonces. Ahora, de regreso a Jerusalén junto con Pedro, se le permite predicar el evangelio en muchas aldeas de samaritanos.

26 - 29 Un nuevo orden para Felipe

26 Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, al camino que desciende de Jerusalén a Gaza. (Este es un [camino] desierto.) 27 Él se levantó y fue; y he aquí, había un eunuco etíope, alto oficial de Candace, reina de los etíopes, el cual estaba encargado de todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar. 28 Regresaba sentado en su carruaje, y leía al profeta Isaías. 29 Y el Espíritu dijo a Felipe: Ve y júntate a ese carruaje.

En la siguiente sección, desde el capítulo 8:26 hasta el capítulo 10:48, Lucas narra las historias de conversión de tres personas:

1. Un eunuco etíope (Hechos 8);

2. Saulo (Hechos 9);

3. Cornelio (Hechos 10).

Son descendientes de los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet (Gén 9:18), a través de quienes se pobló el mundo entero (Gén 9:19; 10:1-32):

1. El eunuco, el etíope, es descendiente de Cam (Etiopía o Cus [=negro], Gén 10:6).

2. Saulo, el judío, es descendiente de Sem.

3. Cornelio, el romano, es descendiente de Jafet.

Los de Cam pueblan África, los de Sem Asia y los de Jafet Europa. Estos tres continentes se encuentran en Jerusalén. Por tanto, Jerusalén es estratégicamente el mejor lugar para enviar el evangelio al mundo. El eunuco, Saulo y Cornelio representan a toda la humanidad.

Los tres son personas moralmente sinceras, pero necesitan conversión. También son socialmente las personas más difíciles de alcanzar por el evangelio:

1. El eunuco es un político.

2. Saulo es un teólogo.

3. Cornelio es un soldado.

Sin embargo, en dos de ellos ya hay un anhelo por el evangelio. Tanto el eunuco como Cornelio son buscadores. Ya hay una obra de Dios en ellos. Con Saulo es completamente diferente. Este hombre no busca la paz, sino víctimas a quienes niega esa paz.

El Señor tiene un mensajero especial para cada uno de ellos:

1. Para el eunuco es Felipe.

2. Para Saulo es Ananías.

3. Para Cornelio es Pedro.

También la forma en que el Señor se dirige a ellos es diferente:

1. Al eunuco se le alcanza con la Palabra.

2. A Saulo se le aparece el Señor mismo.

3. Cornelio ve a un ángel en una visión.

Diferentes son también las circunstancias en las que se encuentran cuando llegan al arrepentimiento:

1. El eunuco está de camino a casa.

2. Saulo viene de casa.

3. Cornelio está en casa.

Felipe debe abandonar un ajetreado campo de trabajo para servir a una sola persona. En esto imita al Señor, que tuvo que atravesar Samaria para llevar el evangelio a una sola mujer en el pozo de Jacob (Jn 4:4,7-8). Felipe es utilizado para que el evangelio llegue a las naciones. Dios utiliza a un ángel para mostrar a Felipe el camino, pero Felipe debe proclamar el evangelio. Se le dan indicaciones precisas sobre dónde ir, pero no se le dice qué hacer allí.

Hay dos caminos que bajan de Jerusalén a Gaza y él debe tomar un camino desierto. Un evangelista nunca habría elegido un camino desierto, pero Felipe no hace preguntas, va. Para que Ananías vaya a Saulo (Hechos 9) y Pedro a Cornelio (Hechos 10), el Señor debe insistir más. En el caso de Ananías, el miedo es la objeción y en el de Pedro, sus prejuicios judíos impiden la obediencia directa. El Señor elimina ambos obstáculos y los dos obedecen.

En Felipe tenemos un ejemplo de obediencia inmediata e incondicional en la sencillez de corazón. No piensa en la diferencia entre Samaria, donde estaba rodeado de estima y amor, y el camino a Gaza, que está desolado. Confía en su Maestro, que quiere servirse de él para un eunuco que ha estado en Jerusalén para adorar y ahora regresa a su país.

La palabra «eunuco» significa literalmente ‘castrado’. Además de su condición de extranjero, el hecho de estar castrado es una razón adicional por la que nunca podría unirse al pueblo de Dios (Deut 23:1). No obstante, emprendió un viaje de unos dos mil kilómetros hasta Jerusalén. También hay salvación para los extranjeros e incluso para el eunuco, el castrado (Isa 56:3). Su conversión y su fe en el Señor Jesús son, por tanto, un anticipo de lo que leemos en el Salmo 68 (Sal 68:31b). Desde entonces, muchos etíopes han tendido sus manos a Dios.

Para guiar al eunuco por el camino de la salvación, Dios utiliza su Palabra y a su siervo Felipe. Lo que el eunuco buscaba en Jerusalén mediante deberes y ceremonias de la ley, no lo encontró allí. Estuvo en Jerusalén para adorar al Dios verdadero, pero solo halló un frío formalismo. A pesar de su corazón buscador, el Señor no permitió que ninguno de los apóstoles se cruzara en su camino.

El eunuco no encontró la paz en Jerusalén, pero se llevó algo más: una parte de la palabra de Dios. Eso es lo que está leyendo en su carro. Con ella lleva un tesoro mayor que todos los que debe proteger para su reina.

El encuentro entre Felipe y el eunuco es preparado por el Espíritu. El Espíritu le dice a Felipe que debe acercarse a ese carruaje, el del eunuco, y unirse a él. Como se trata de la predicación del evangelio, no es un ángel quien viene a Felipe (versículo 29), sino el Espíritu quien lo guía. El Espíritu nos indica exactamente adónde ir y qué hacer.

Así, más tarde, Ananías en relación con Saulo y Pedro en relación con Cornelio también reciben indicaciones precisas para ir a ellos y llevarles el mensaje de Dios (Hch 9:11; 10:19-20). De este modo, el Señor también quiere dejarnos claro adónde quiere que vayamos y qué debemos hacer y decir.

30 - 35 Felipe le anunció a Jesús

30 Cuando Felipe se acercó corriendo, le oyó leer al profeta Isaías, y [le] dijo: ¿Entiendes lo que lees? 31 Y él respondió: ¿Cómo podré, a menos que alguien me guíe? E invitó a Felipe a que subiera y se sentara con él. 32 El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este: COMO OVEJA FUE LLEVADO AL MATADERO; Y COMO CORDERO, MUDO DELANTE DEL QUE LO TRASQUILA, NO ABRE ÉL SU BOCA. 33 EN SU HUMILLACIÓN NO SE LE HIZO JUSTICIA; ¿QUIÉN CONTARÁ SU GENERACIÓN? PORQUE SU VIDA ES QUITADA DE LA TIERRA. 34 El eunuco respondió a Felipe y dijo: Te ruego [que me digas,] ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo, o de algún otro? 35 Entonces Felipe abrió su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el evangelio de Jesús.

Después de las indicaciones sobre dónde debe ir Felipe, no oímos que el Espíritu le indique cuándo debe darse a conocer al eunuco ni qué debe decirle. Esto no es difícil para un evangelista como Felipe. Sabe que es guiado por el Espíritu y rápidamente encuentra un motivo de conversación. Toda su actuación es muy instructiva para quien quiera llevar el evangelio a las personas.

Tras las indicaciones del Espíritu, vemos que Felipe corre hacia el carro. Más tarde, Ananías se muestra reacio a ir a ver a Saulo (Hch 9:10-17) y Pedro incluso, al principio, se niega rotundamente a ir a ver a un pagano (Hch 10:14). Pero Felipe anhela llevar el evangelio a este hombre. El amor de Cristo lo impulsa (2Cor 5:14). Sin embargo, actúa con deliberación. Se da cuenta de lo que está haciendo esa persona, porque le oye leer al profeta Isaías. El eunuco leía en voz alta, lo que era habitual en aquella época.

Felipe conoce la Biblia, pues reconoce que lo que el eunuco lee son palabras del profeta Isaías. Inicia la conversación con una pregunta amistosa: «¿Entiendes lo que lees?» Con su pregunta muestra interés por las dudas que puedan haber surgido en el eunuco. ¿Conocemos las preguntas que se hace la gente? ¿Podemos empatizar con ellas? La respuesta del eunuco muestra un corazón anhelante y humilde, deseoso de que alguien pueda ayudarle.

Invita a Felipe a sentarse con él. Aquí tenemos también una pista importante para transmitir la Palabra. No se trata de una diferencia de raza, sino de ocupar un lugar al nivel del otro. Del mismo modo que Felipe se sienta con el eunuco, nosotros debemos sentarnos con las personas. La predicación del evangelio no puede hacerse desde lo alto. Si somos conscientes de que, por naturaleza, somos como aquellos a quienes predicamos el evangelio, nos sentaremos a su lado.

El pasaje de la Escritura que lee el eunuco es citado por Lucas. Es sorprendente que justo cuando el eunuco está en este pasaje, el Espíritu le dice a Felipe que se una al carro. En el momento oportuno, el eunuco se encuentra con Felipe. Este momento viene del Señor, porque esta es la Escritura que habla especialmente del Señor Jesús.

La Escritura es esta: «COMO OVEJA FUE LLEVADO AL MATADERO; Y COMO CORDERO, MUDO DELANTE DEL QUE LO TRASQUILA, NO ABRE ÉL SU BOCA. EN SU HUMILLACIÓN NO SE LE HIZO JUSTICIA; ¿QUIÉN CONTARÁ SU GENERACIÓN? PORQUE SU VIDA ES QUITADA DE LA TIERRA» (Isa 53:7-8, citado por Felipe de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento). Estos versículos describen el sufrimiento, la muerte y la sepultura del Señor Jesús y sus consecuencias.

Fue como un cordero llevado al matadero, pero no abrió la boca, se sometió al maltrato, sufrió voluntariamente. El profeta Jeremías también se compara con un cordero, pero no calla y clama venganza (Jer 11:19-20; 12:1-4). Para el Señor Jesús, el camino al matadero fue mucho peor. Sabía perfectamente adónde iba, pero no abrió la boca. Esto subraya la entrega voluntaria de Cristo. Esquilar significa quitar todo lo que es digno de un hombre, pero Él no protestó contra el trato indigno que se le daba.

Todo expresa su entrega voluntaria de una manera que muestra cuán único es Él. Nadie puede compararse con Él. Fue tratado de forma humillante y se le quitó su juicio, lo que indica que ni siquiera recibió un juicio justo, porque su sentencia estaba predeterminada: tenía que morir.

¿Y quién piensa en «su generación», por decir algo de ella? Se le considera tan despreciable que no se puede imaginar nada en absoluto sobre Él. Sin embargo, quienes tienen ojos para ello o lo reciben a través de la enseñanza, como el eunuco, descubren quién es su generación. «Su generación» puede referirse a las consecuencias de su muerte, que ha producido muchos vástagos espirituales. «Su generación» también puede referirse a su origen, en el que podemos pensar en su existencia como Hijo eterno y su humilde origen como Hombre de la familia del carpintero José. Ninguno de sus contemporáneos se ocupa de eso. Para ellos ha sido arrebatado de la tierra, su vida ha terminado y ya no existe.

La explicación de estos versículos no es sencilla, pero el eunuco ha reflexionado sobre lo que ha leído. Comprende que se trata de Alguien, de una Persona. Su pregunta es una razón maravillosa para que Felipe le predique «Jesús». En Samaria predicó a «Cristo» (versículo 5). Los samaritanos debían saber que el «Cristo» había venido. El eunuco debe saber que «Jesús» es el Mesías.

36 - 39 Felipe bautiza al eunuco

36 Yendo por el camino, llegaron a un [lugar donde había] agua; y el eunuco dijo: Mira, agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? 37 Y Felipe dijo: Si crees con todo tu corazón, puedes. Respondió él y dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. 38 Y mandó parar el carruaje; ambos descendieron al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. 39 Al salir ellos del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y no lo vio más el eunuco, que continuó su camino gozoso.

No sabemos de qué más hablaron durante el camino, pero sí vemos el resultado. El eunuco aceptó con fe al Señor Jesús como Mesías y, por tanto, nació de Dios (1Jn 5:1). Cuando llegan al agua, pide ser bautizado. Felipe también debió hablarle de esto, pero el deseo surge del propio eunuco.

El bautismo se realiza sobre la base de la confesión de fe. No hay período de prueba. Felipe no tiene que pedir permiso a los apóstoles ni a la iglesia de Jerusalén. Lo hace de inmediato. Ambos descienden al agua, lo que indica que el bautismo se realiza por inmersión.

El bautismo es un asunto personal, en el que la iglesia no interviene. El Señor, y no la iglesia, ha enviado a sus discípulos a bautizar. Ellos son tan responsables ante Él por esto como lo son por la predicación de la Palabra, que tampoco es realizada por la iglesia (la iglesia no enseña).

Cuando el bautismo ha tenido lugar y han salido del agua, la tarea de Felipe respecto al eunuco ha concluido. Felipe es arrebatado por el Espíritu del Señor y llevado a otro lugar. El tiempo y el espacio no significan nada para Dios. Esta forma sobrenatural de desaparecer pertenece a este tiempo inicial, lleno de prodigios y señales.

Sin sorprenderse por la repentina desaparición de su compañero, el eunuco sigue su camino regocijándose por la redención que había buscado en vano en Jerusalén. Lo que buscaba, lo encontró en la palabra de Dios, en Jesucristo. Cuando alguien ha encontrado verdaderamente a Cristo, el siervo desaparece de la vista y Cristo lo es todo.

Podemos suponer que el eunuco y Felipe no volvieron a verse en la tierra. No tenían por qué hacerlo. El eunuco podía valerse por sí mismo como cristiano independiente. Los siervos no pueden atar a nadie a sí mismos. El eunuco regresó a su país y retomó su trabajo cotidiano. Permaneció en la posición en la que estaba cuando fue llamado por el evangelio (1Cor 7:24).

40 El ministerio posterior de Felipe

40 Mas Felipe se encontró en Azoto, y por donde pasaba, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea.

Felipe no es llevado de nuevo por el Espíritu a Samaría para convertirse, por ejemplo, en ‘pastor del rebaño’. Va adonde le guía el Espíritu y, por eso, se encuentra en Azoto, ciudad de los filisteos. Allí proclama el evangelio, así como en las demás ciudades de toda la franja de Gaza, ‘la costa del mar’ (Sof 2:4-5). Desde allí atraviesa el país hasta que finalmente llega a Cesarea, donde al parecer se ha establecido (Hch 21:8).

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